Recuperando un relato

Hace ya un par de años que publiqué este relato. No siendo autobiográfico, sí es cierto  que recoge un sentimiento que yo siempre siento como algo muy muy profundo y muy mío: la Amistad.

AQUEL VIEJO PUPITRE

El tren inició la marcha. De pronto me acordé de D. Alberto, el maestro que tuve en la escuela. Es curioso cómo puede marcarnos en la vida un profesor y el sitio en el que él te coloca el primer día de colegio. D. Alberto no se guiaba por apellidos, ni por amistades y mucho menos por el sexo. Había quien decía que era un sexto sentido el que le movía a sentar a cada uno de sus alumnos en un pupitre determinado cada año. Al fin y al cabo eran diez los años que tenía entre sus manos a esas mentes inconscientes e ingenuas al principio.

Eso fue lo que me pasó a mí. Al cumplir los seis años mis padres me mandaron al colegio del pueblo. Hasta entonces era mi padre el que me instruía en casa. Aún me parece estar oyendo la voz de D. Alberto…

  • A ver ¿quién es nuevo este año?
  • Yo, señor -dije con baja voz-
  • No me llame señor criatura. Don Alberto estará bien. ¿cuál es su nombre?
  • María, María Roble
  • Bien -dijo mientras recorría con su mirada las mesas- se va a sentar usted de momento en ese pupitre libre de la tercera fila. ¿Qué sabe hacer usted?
  • Leer y escribir, bueno leer un poco lento

Su voz era grave y profunda. Era un hombre alto y de constitución grande. Una perilla blanca asomaba por debajo de su labio inferior. Vestía traje gris oscuro y sobre su nariz descansaban unas gafas. Un lazo marrón alrededor de su cuello hacía las veces de pajarita.

  • Veamos – dijo- por esta semana se quedarán ustedes en los sitios que les he dicho. La semana que viene ya veremos

pupitre1 

¡Y vaya si vimos!. No dejó a nadie en su sitio. A mí me tocó sentarme junto a una niña que se llamaba Rosa. Rosa era mi antítesis, risueña, habladora y, sobre todo, nada le daba vergüenza. Gracias a D. Alberto el gusto por escribir y Rosa entraron en mi vida. Fue Rosa la que siempre me animaba a presentar trabajos y la que me decía lo orgullosa que estaba de tener una amiga que iba a ser famosa. Yo me reía de eso y mientras continuaba escribiendo.

 Así cuando marché a Madrid fue para estudiar periodismo. Con Rosa hablaba por teléfono al menos una vez a la semana y las cartas nos permitían no perder la relación. Hasta ese día en que me llamó su madre para decirme lo rápido que había enfermado. Su enfermedad se extendía con una velocidad vertiginosa. Ella en sus cartas me lo había comentado quitándole importancia. Por eso cuando me llamaron creí que era porque había fecha para operar. Pero no. Los médicos habían descartado cualquier intervención.

 Y ahí estaba yo. En un tren que me llevaba de nuevo a Madrid desde el pueblo que me vio crecer. Y ahora subida en ese tren me recordaba arrodillada  junto a la lápida y cómo brotaron las lagrimas de mis ojos al ver la foto que estaba en medio de la cruz. “A nuestra Rosa 1967-2005”  decía la inscripción. Ni una palabra más ni una menos. Acaricié  su foto y me marché.

 Un pitido fuerte me despertó. Me había quedado dormida. Ya estabamos en Madrid.

  • Taxi

-¿Adónde?

 Le di la dirección deseando llegar cuanto antes. Nada más encender la luz lo vi. Una gran caja y colgando de ella una tarjeta en la que reconocí la letra ya sin el buen pulso de Don Alberto. Lo abrí extrañada por su tamaño y ahí estaba el pupitre que durante los dos primeros años había compartido con Rosa. En una esquina ella había grabado “María y Rosa amigas para siempre. 1975”.

Han pasado tres años desde todo aquello y a mi hija le gusta jugar con mi viejo pupitre. La hemos llamado Rosa, creo que ha sido una buena idea.

FIN

  1. Pues gracias por recuperarlo. Desde luego, merece la pena…

    No es la primera vez que lo haces. ¿Por qué no pones enlaces a tus relatos recomendados en algún sitio que quede fijo, para que no queden sumergidos entre las entradas cotidianas?

    Saludos.

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